Los pies sostienen el cuerpo y también participan en la forma de caminar. Aunque a menudo solo reciben atención cuando aparece dolor, el calzado utilizado puede influir en su movimiento y, en determinadas circunstancias, repercutir en otras zonas, incluida la espalda.
Un zapato demasiado estrecho o rígido, o que modifica de forma importante la posición natural del pie, puede alterar la mecánica de la marcha. Con el tiempo, estas modificaciones pueden favorecer compensaciones y sobrecargas en distintas articulaciones.
La forma de los pies también puede verse afectada por el calzado utilizado durante años. En algunos casos, los diseños estrechos en la parte delantera pueden contribuir a la aparición de juanetes o a una mayor compresión de los dedos.
Los dedos necesitan espacio para colocarse y moverse, algo que no siempre permiten las punteras que se estrechan progresivamente. Emmelie Karlstrom, jefa de diseño de Alohas, explica que "una puntera amplia permite que los dedos se extiendan de forma natural, lo que puede mejorar la comodidad y reducir la presión innecesaria en la parte delantera del pie".
La diseñadora considera que el calzado debería adaptarse a la anatomía del pie y no al contrario. "El calzado debe respetar la forma natural del pie en lugar de comprimirlo", señala. Esta cuestión resulta relevante porque los pies no son una estructura rígida: cuentan con numerosos huesos, articulaciones y músculos que intervienen en el equilibrio y en la propulsión durante cada paso.
En los últimos años, el calzado «barefoot» o minimalista ha ganado popularidad por su intención de interferir lo menos posible en el movimiento natural del pie. Este tipo de calzado suele presentar una puntera amplia, una suela flexible y un drop cero, es decir, sin diferencia de altura entre el talón y la parte delantera.
"El calzado tipo 'barefoot' está diseñado para permitir que el pie se mueva con mayor naturalidad", explica Karlstrom. Según añade, "para algunas personas, puede ayudar a fortalecer la musculatura del pie y fomentar una forma de caminar más natural". Sin embargo, la experta introduce un matiz importante: "su uso debe introducirse gradualmente y no es la opción adecuada para todo el mundo".
Pasar de un calzado convencional a uno minimalista de manera brusca puede suponer un cambio considerable para músculos, tendones y articulaciones que no están acostumbrados a trabajar de la misma manera. Por eso, más que considerar el «barefoot» como una solución universal, conviene entenderlo como una opción que puede funcionar para algunas personas, pero que requiere adaptación.
La relación entre los pies y la espalda se entiende a través de la propia cadena de movimiento. Cada vez que una persona camina, el pie recibe el impacto, se adapta al terreno y participa en la transmisión de fuerzas hacia el tobillo, la rodilla, la cadera y, finalmente, el tronco. Si la forma de apoyar el pie o de caminar cambia de manera significativa, pueden producirse compensaciones en otras articulaciones.
Esto no significa que un determinado zapato vaya a causar directamente dolor de espalda, pero sí que determinadas alteraciones de la marcha pueden contribuir a generar sobrecargas. "El calzado que restringe el movimiento natural del pie o altera significativamente la alineación corporal puede modificar nuestra forma de caminar", explica Karlstrom.
La consecuencia puede afectar a diferentes puntos de esa cadena corporal: "Con el tiempo, estos cambios pueden aumentar la tensión en los tobillos, las rodillas, las caderas y la zona lumbar, lo que puede contribuir a generar molestias en algunas personas". Por eso, más allá de seguir una determinada tendencia, la clave está en elegir un calzado que resulte cómodo, permita cierta libertad de movimiento y respete, en la medida de lo posible, la anatomía del pie.
