FOMO y redes sociales: cómo el miedo a perderse algo afecta al bienestar

FOMO y redes sociales: cómo el miedo a perderse algo afecta al bienestar

Una noche tranquila puede cambiar de tono en pocos segundos: basta con abrir Instagram y ver cenas, conciertos o lugares de moda para que aparezca la sensación de que algo importante está ocurriendo en otra parte. Ese malestar tiene nombre: FOMO, siglas de Fear of Missing Out, o miedo a perderse algo. Aunque a veces se trate como una preocupación menor, la investigación lo relaciona con problemas de bienestar y con la forma en que se usan las redes sociales.

FOMO y redes sociales: cómo el miedo a perderse algo afecta al bienestar

Más del 50% de los usuarios de redes sociales experimenta FOMO semanalmente, y el 73% de los adultos jóvenes lo siente a través de plataformas digitales. En una encuesta de 2024, la Asociación Americana de Psicología encontró que casi el 74% de los adultos jóvenes de Estados Unidos reportaba experimentar FOMO al menos una vez a la semana.

Un metaanálisis de 2025, que analizó 32 estudios con más de 26. 000 estudiantes, halló una correlación significativa entre el uso problemático de las redes sociales, la ansiedad, la depresión y el FOMO; la correlación entre las dos últimas variables fue de 0,41.

Otro estudio de ese año, con datos de 113 países, encontró que los usuarios de redes sociales tenían un 24% más de probabilidades de reportar síntomas de ansiedad o depresión que quienes no las usaban.

El sueño también puede verse afectado. El 93% de la generación Z admite perder horas de sueño por revisar redes sociales tarde por la noche. Un metaanálisis reciente sobre FOMO y salud del sueño encontró asociaciones entre el FOMO y una peor calidad e higiene del sueño, así como la postergación de la hora de acostarse. Los investigadores utilizan el término «sleep FOMO» para describir el miedo a quedarse dormido y perderse algo, que puede generar, según ellos, «una inmensa sensación de ansiedad».

El FOMO no es una prueba de falta de madurez ni de incapacidad para disfrutar. La experiencia puede entenderse en el contexto de plataformas diseñadas para captar la atención. Las notificaciones, los «me gusta» y las actualizaciones del feed activan el sistema de recompensa cerebral y liberan dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y la motivación. La recompensa social virtual puede mantener la atención porque no se sabe cuándo llegará la siguiente notificación, un mecanismo que los neurocientíficos denominan «refuerzo variable intermitente».

Así puede formarse un círculo difícil: cuanto más se revisan las redes, peor puede sentirse la persona, y ese malestar puede llevarla a mirar de nuevo. El FOMO también toca un temor humano antiguo: la exclusión social. No haber sido invitado a una cena que aparece en las stories puede despertar una sensación intensa de quedar fuera del grupo.

Uno de sus costes menos visibles es la pérdida de presencia. En una cena con personas importantes, revisar el móvil sin que haya ocurrido una urgencia puede apartar la atención de la conversación y del momento compartido. La paradoja es que, mientras se comprueba qué hacen los demás por miedo a perderse algo, también puede perderse parte de la experiencia propia.

El 39% de las personas que experimentan FOMO reporta la envidia entre sus emociones más frecuentes, y el 25% dice que aumenta su tendencia a la rumiación, es decir, a dar vueltas repetidamente a las experiencias sociales. Además, el 48% afirma que las redes sociales le hacen sentir que se está perdiendo experiencias.

Una relación más equilibrada con la tecnología empieza por reconocer que el problema no se reduce a la fuerza de voluntad. También ayuda recordar que las publicaciones muestran una selección de momentos, no la vida completa de nadie. Comparar la propia vida, con sus luces y sus sombras, con ese escaparate puede alimentar la sensación de insuficiencia.

Frente al FOMO, algunos investigadores plantean el JOMO: Joy of Missing Out, o el gozo de perderse algo. Se refiere a una disposición positiva que aparece al elegir no participar en algunas actividades sociales o digitales, y destaca la atención plena, la autonomía y una relación más sana con la tecnología. Un estudio publicado en 2025 encontró que el JOMO se asociaba negativamente con el uso problemático de las redes sociales a través de menores niveles de soledad y malestar psicológico. También se relacionaba con la atención plena, la autocompasión y el bienestar mental.

En la vida cotidiana, quedarse en casa, leer en vez de desplazarse por las redes o compartir una cena sin mirar el móvil pueden ser decisiones a favor del bienestar, no simples renuncias. También puede ayudar establecer límites prácticos: dejar el móvil fuera del dormitorio, desactivar notificaciones por defecto o consultar las redes en momentos concretos del día.

Cuando surge el FOMO, detenerse a identificar qué temor hay detrás puede aportar claridad. A veces aparece la creencia de que la propia vida no es suficiente o de que los demás viven mejor. Examinar esas ideas con honestidad puede ayudar a distinguir las necesidades reales de la presión por buscar validación externa.

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