Hay parejas que creen que el sexo termina cuando termina el sexo. Es un error. Aunque el cuerpo haya dado por concluido el encuentro y el deseo parezca satisfecho, todavía queda una parte de la historia. A veces, la más reveladora.
Cualquiera puede comportarse razonablemente bien mientras hay piel, respiraciones agitadas y alguna destreza sobre el catre. La verdadera personalidad suele aparecer treinta segundos después.
Durante la fogosidad del momento, el ser humano puede prometer casi cualquier cosa. Puede jurar que ama como nunca ha amado, asegurar que aquello es lo mejor que le ha pasado y ofrecer viajes, futuros y exclusividades. En pleno entusiasmo, alguien hasta podría ofrecerse de fiador, donar un riñón o firmar una hipoteca. El deseo vuelve generoso al más tacaño y convierte una cama en la antesala de una eternidad que, por prudencia, convendría no escriturar.
Es justamente cuando todo termina cuando empieza la parte más reveladora: el otro final. Está quien abraza, quien conversa, quien se ríe, quien busca agua y quien pregunta si todo estuvo bien. Esta última pregunta puede ser peligrosa, porque obliga a escoger entre la sinceridad y la supervivencia sentimental. También está quien, apenas termina el encuentro, recupera con sorprendente rapidez el interés por el teléfono, como si hubiera dejado pendiente una junta directiva durante el orgasmo.
También están los eficientes. Se levantan, encuentran la ropa con una precisión que no tuvieron durante el encuentro, se visten en tiempo récord y miran la hora. Algunos preguntan con fingida delicadeza si “será mejor pedir un taxi”. Otros buscan las medias mientras recuerdan que al día siguiente madrugan.
Lo cierto es que el catre tiene la mala costumbre de quitar disfraces. Antes todos pueden ser seductores, atentos, imaginativos y hasta atléticos, dentro de lo que permiten las rodillas. Después aparece la verdad: la ternura, el egoísmo, la complicidad o esa extraña prisa por regresar a la vida ordinaria. Hay quien desnuda el cuerpo con facilidad, pero vuelve a vestirse emocionalmente a una velocidad admirable.
Tampoco es obligatorio abrazarse durante cuarenta y cinco minutos mirando el techo, ni iniciar una conversación sobre la infancia o los traumas del colegio. No todo encuentro necesita violines, filosofía y cucharita. A veces la intimidad es una carcajada, disputar la sábana o que alguien diga “qué calor” mientras la otra persona sabe perfectamente que no está hablando del clima.
El deseo puede tener un clímax breve, pero la consideración no tendría por qué serlo. Nadie debería sentirse desalojado después de entregarse al encuentro. Una cosa es que el deseo llegue a su punto culminante y otra que la persona se vuelva súbitamente invisible.
Con el tiempo también se descubre una pequeña herejía: quizá lo memorable no sea siempre lo ocurrido durante la faena. Puede ser una mano sobre la espalda, una conversación absurda o ese silencio cómodo que solo existe entre quienes ya no necesitan demostrar nada.
El orgasmo podrá cerrar la función, pero la intimidad cómplice, cuando existe, permanece unos minutos más. Y ese, muchas veces, es el otro final.
