Ron DiFrancesco no se considera un héroe ni acepta que le llamen “el hombre milagro”. Para él, sobrevivir al atentado de las Torres Gemelas fue una bendición. Veinticinco años después, recuerda cómo una voz lo guió entre el humo y las llamas cuando intentaba escapar de la Torre Sur.
El 11 de septiembre de 2001, DiFrancesco trabajaba como intermediario financiero en la planta 84 de la Torre Sur del World Trade Center. Poco después de las nueve de la mañana, estaba en la sala de operaciones cuando una enorme explosión sacudió el edificio. Al mirar hacia la Torre Norte, vio una inmensa bola de fuego, papeles volando y personas en las ventanas.
Tras el impacto del primer avión, muchos empleados abandonaron sus puestos. DiFrancesco siguió atendiendo llamadas de familiares, amigos y clientes. Entonces recibió la llamada de un antiguo compañero de habitación en la universidad, que le gritó que saliera inmediatamente. Llamó a su mujer para decirle que se marchaba y que la llamaría al llegar abajo.
No supe que era un atentado terrorista hasta días después en el hospital. Llevaba tres días en coma inducido

Cuando se produjo el segundo impacto, DiFrancesco estaba saliendo de la sala de operaciones con un compañero. Pensó que quizá había explotado un generador en los pisos inferiores. No sabía que otro avión había golpeado el edificio y tampoco pensó que estuvieran sufriendo un atentado terrorista.
Descendió por las escaleras junto a un grupo numeroso de compañeros. El humo se volvió tan denso que algunas personas comenzaron a tumbarse y a perder el conocimiento. Cuando encontró otra escalera por la que continuar bajando, ya estaba completamente solo. Tres bomberos que subían lo examinaron rápidamente después de que les explicara que le costaba respirar y le dijeron: “Sigue bajando. Abajo te ayudarán”.
El camino quedó bloqueado y, durante un momento, el grupo intentó subir. Las puertas estaban cerradas, por lo que volvieron a bajar. Entonces el humo los alcanzó. Cuando DiFrancesco estaba a punto de perder el conocimiento, escuchó una voz clara y calmada que le dijo: “Levántate y ven por aquí”.
Siguió aquella voz a través del humo. Al desorientarse y no encontrar el camino, empujó con fuerza y descubrió que una placa de cartón yeso ocultaba una escalera. Se deslizó apoyándose en ella y después atravesó corriendo tres tramos envueltos en llamas.
DiFrancesco relaciona aquella experiencia con el llamado Síndrome del Tercer Hombre, que describe cómo algunas personas sienten que alguien las guía en momentos de extrema dificultad. Hay quienes lo atribuyen a la adrenalina, mientras otros creen que se trata de Dios o de un ángel. Él tiene su propia respuesta: “Yo creo que fue Dios o un ángel”.

El avión había impactado entre las plantas 78 y 85. Por debajo de la planta 78 funcionaban los aspersores y había luz, así que continuó descendiendo. Cuando intentaba salir por la galería subterránea, la torre empezó a derrumbarse sobre sí misma y una enorme bola de fuego avanzó tras él. Corrió, pero no logró salir. Los equipos de rescate lo encontraron y lo trasladaron al hospital.
Despertó sin saber que había sufrido un atentado terrorista ni que las torres se habían derrumbado. Solo sabía que estaba herido. Había permanecido tres días en coma inducido y, cuando comenzaron a retirarle la sedación, los médicos le explicaron lo sucedido. No fue plenamente consciente de la magnitud de la tragedia hasta cinco o seis días después.
Su mujer vivió aquellos días en Nueva Jersey con sus cuatro hijos pequeños, mientras el resto de la familia permanecía en Canadá y las fronteras estaban cerradas. Cuando por fin pudo acudir al hospital, apenas reconoció a su marido: tenía la cabeza muy hinchada y había sufrido quemaduras graves. Durante un tiempo, tuvo que afrontar sola el impacto emocional de la tragedia.
No odio a los terroristas. Siento tristeza por ellos. Hicieron cosas como querer matar para su Dios. ¿Tiene sentido eso?
DiFrancesco asegura que no los odia. Cree que estaban equivocados y que no recibieron la educación necesaria para comprender lo que hacían. También considera que muchas personas terminan siendo producto de un entorno marcado por el odio y la división.

Después del 11-S necesitó varios años para recuperarse física y mentalmente. Acudió a numerosos terapeutas y todavía sigue viendo a algunos. En la vida cotidiana continúa buscando las salidas cuando se encuentra en una escalera o en un lugar abarrotado. La tragedia sigue formando parte de él: perdió a 61 compañeros y a un buen amigo.
Hoy ofrece conferencias sobre resiliencia y gratitud. También colabora con una empresa de Barcelona llamada Efficient Happiness en proyectos de estrategia destinados a ayudar a las personas a ser más felices en su vida y en su trabajo.
La pregunta que aún se hace es por qué aquella voz lo ayudó a él y no a otras personas. “¿Por qué yo?”, se pregunta. No encuentra una respuesta, pero dice sentirse profundamente agradecido por haber tenido la oportunidad de seguir viviendo.
Para DiFrancesco, la vida no consiste en esperar que todo sea perfecto. Los problemas familiares, la pérdida de los padres o la muerte de los amigos dejan huella, pero también forman parte del camino. Después de ver crecer a sus hijos, asistir a sus bodas y convertirse en abuelo, resume su aprendizaje con una frase sencilla: “La vida me ha regalado 25 años más”.
Ahora quiere viajar más, conocer el mundo y seguir transmitiendo un mensaje positivo. Su conclusión permanece marcada por la supervivencia, el duelo y la gratitud: “Hoy estás aquí. Eso ya es un regalo. Lo que ocurra mañana, ocurrirá. Vive tu vida”.
